
La espera no entiende de tiempo
en estos golpes de reloj
vacuos y arrogantes.
Ascienden,
no son etéreos,
braman ansias de eternidad
mientras aceras vierten el producto
de su pálpito
en la oscuridad.
Extremo.
Standby,
interrumpiendo el momento
en que la sala
queda desvergonzada,
que no sin vergüenza.
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Los castaños siempre fueron parte esencial del atrezo en esos momentos en los que el espíritu de los pueblos vacíos de tiempo y tan llenos de historia se fusionaban al caminar de cuatro piernas de juventud incipiente.
Nunca nadie escapó a la noche maquillada por las tenues bombillas de un pálido amarillo impotentes ante la majestuosidad de las estrellas.
Ambos sucumbieron al encanto de la oscuridad en el falso verano que los envolvía. El frío fue solo una excusa.
Los detalles materiales casaban con la esencia del encuentro. Las paredes sin rectitud, como sus vidas, el suelo blanco de la cal desprendida simulaba sus sentimientos y los muebles moribundos e inmortales acompañaban al frágil y eterno momento.
Los recuerdos de la infancia devolvieron las mentes ya lejanas a aquellos días de azul intenso.
El reloj descontrolado. Música ambiental. Miedo.
En su cabeza el eco de las frases que dedicó a aquel viejo infatigable y demacrado. ‘Puta vida’, se repetía. Puta vida porque allí, tras anchos muros, los dos eran conscientes de que la cuasiperfección del instante era solo un guiño de la vida que les ofrecía la miel haciéndoles saber que con la misma facilidad se la quitaría. Ella revolvía en su conciencia, como quien busca la salida del laberinto, perdida en la ansiedad de saberse entre el deber y el querer. ‘Déjate arrastrar por la pasión’, se suplicaba mientras la otra ella se le aparecía castigándola con la moralidad que la sociedad le enseñó.
‘Ni tuyo ni mio’. De nadie eran las caricias, de nadie la responsabilidad, de nadie más que del deseo acumulado tras años.
Él compredía su riptus, aquel que mostraba la inseguridad de dos personas acostumbradas a las rutinarias relaciones de ciudad, ahora solos ante una nueva situación. Timoratos, como primerizos. ‘Aprovechemos esta tregua que nos da el cronómetro’. Lo hicieron.
La noche rozaba el final y el reloj con su macabro ‘tic-tac’ hacia su grito más intenso. Un nuevo lunar, algo con lo que soñar esas noches vacías de contenido. Puta vida.
…
‘Eres increíble, recuérdalo’. Aquello sonó a despedida. No era un adiós, porque ellos nunca existieron.
Fueron entes, incosistentes sueños hechos materia por unas horas. Sus cuerpos volverían a verse, pero los roles asumidos ocultarían el ficticio realismo de aquella noche. ‘El amor libre es una utopía’, pensó. ‘Siempre condicionado por factores ajenos al deseo’. Roles. No, no era una despedida. Era el final del capítulo tercero de un libro en blanco. Ficción.
Ella recuperó el papel de amante de otras caderas. Él de amigo que siempre estará para dejar que humedezcan su hombro. ¿ Qué era más irreal ? Daba igual.
Hubo una última conexión de pupilas. No hicieron falta palabras, prefirieron despreciar el oficio de los adjetivos.
‘Tú y yo, tal vez renazcamos’.'Tú y yo, volvemos al letargo’.'En la espera quedará el tú y yo del guión que nos encargaron’. ‘Este tú y yo, ficticio o real, hoy vuelve a su coma, a la espera del despertar o la muerte’.
Lo que pasó entre los anchos muros de cal, en su intrahistoria queda.
