Tengo los párpados tan finos
que la mínima luz
me divorcia de Morfeo.

Al acabar el día
las persianas impiden
la entrada del sutil enemigo
haciendo de este cuarto,
- en su penumbra
perpetua-
un búnker protector
del tesoro onírico.

Tengo pánico a la oscuridad
que enmudece el blanco
con su negro.

Cuando cae el silencio
alguien mira
desde la no sombra
y juzga,
rie ante el terror
- esparciendo
su histérico hálito
de sorna -
que provoca
su presencia,
a veces un cuerpo anciano
de ojos grandes
y párpados gruesos,
otras mi voz de infante
sarcástica e hiriente
que se mofa de ese adulto
protegido tras las sábanas
de una cama de dos,
donde uno,
noche tras noche,
pierde la batalla al sueño.