“El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura.” Unamuno
Septiembre, la continua transición.
Si algo aprendemos en la Licenciatura en Ciencias Políticas es que nuestra vida es en gran parte una construcción social, que el individualismo no existe como su concepto lo define. La única oportunidad que se presenta para la creación de un yo ajeno del ente social está en la abulia, en la abstención del resto de la humanidad. ¿Existen los ermitaños? Aún así el s.XXI se ha acostumbrado a derivar a una virtual independencia, a la falta de un contexto. Nos hemos dedicado a deconstruir las ideologías, a buscar los referentes en lo efímero y a devaluar el valor de la acción colectiva. Hemos decidido que la consecución de la utopía solo nos conduce a la distopía absoluta, al Gran Hermano de Orwell o El Mundo Feliz de Huxley. Aún así, seguimos soñando, pero dormidos. La sociedad ha sabido flexibilizar poco a poco las rígidas estructuras que aplastaban en la antigüedad a las clases desfavorecidas, desconceptualizar la familia y entender que la pluralidad y lo heterogéneo enriquecen. Pero en la praxis seguimos buscando esos modelos ideales de la perfección donde ni los perfectos se reconocen.
Desde la Ilustración nada es lo mismo. Las declaraciones de derechos, la búsqueda de las mejoras sociales, la educación para la ciudadanía. Hemos aprehendido los conocimientos que antes eran exclusivos de los pudientes, los medios de comunicación nos abrieron la oportunidad de extender la visión del mundo. Ahora, la revolución tecnológica encoge el planeta haciendo que cada vez el hecho de que seamos seis billones de personas parezca insignificante ante la cercanía que nos transmite esta tela de araña global. La construcción. Un reverso perfecto, un anverso temido. Dos velocidades en un mismo sistema que es capaz de crear los edulcorantes necesarios para diluir dentro de la opulencia la miseria de otros.
La juventud occidental actual se encuentra con una bicefalia en nuestro seno, entre el compromiso y el carpe diem. Tal vez deba asentarse el modelo del Bienestar para, una vez acostumbrados a la comodidad que aún en tiempos de crisis nos permite asegurarnos ciertos recursos para la igualdad de oportunidades, emprender otra revolución social que siga dando ese pequeño impulso que traen estos acontecimientos a la historia para evitar más sufrimiento al resto del mundo. Porque no hay dioses, no hay almas, hay vida, cerebro, cuerpos y muerte. Sin cielo y con el paraíso en la tierra la búsqueda de la felicidad es la esencia de la existencia y por ella debemos luchar. Desarrollarla de forma sostenible, es decir, avanzar en la nuestra sin tener que quitárselas a los demás. Eso implica un cambio radical de pensamiento que será lento pero ha de ser firme. Por ello lucharon nuestros abuelos, nuestros padres y ahora nos toca a nosotros. Por eso rechazo de manera radical el liberalismo y me declaro socialdemócrata sin medias tintas, porque no creo en la caridad, creo en la solidaridad. Llegará el momento en que, en una confluencia entre el egoísmo y el altruismo, nos daremos cuenta que la búsqueda de la riqueza como fin no es productiva si no lo hacemos desde una óptica de una justa redistribución. Por ello, en estos momentos de crisis internacional tal vez sea la ocasión ideal de darnos cuenta que el crecimiento ilimitado no es viable si no se tiene en cuenta que la vara siempre se parte por el lado más débil.
Reforcémoslo.
