Heracles sobre Arión

Soy Heracles sobre Arión motorizado
penetrando Avenida Dilar,
dejando caer altos edificios marrón teja,
tronco pluma indefenso
al ataque de la termita urbana.

Blues y azul celeste
sobre mi memoria amarilla
a brocha grande, trazo Guerrero
en La Brecha III.

La libertad tiene color vino añejo,
claridad amplificada
sobre su diáfano cuerpo liberado – recuerdo de Azaña,
la libertad nos hace hombres.

La libertad está vacía cuando se nombra
sin uso.

¿Dónde estuvo
más que en mis labios? – recuerdo de De Los Ríos,
para ser libres.

Tan solo un insecto

Abeja de vuelo quedo
que posas la flor futura
sin premio – tan solo
un insecto.

¿Necesitas más plenitud
que la del fruto propio
de tu existencia?

¡Estos ojos huecos
de ciudad,
genocida de colmenas
auspiciada por el miedo
a que te dejes el vientre
en la defensa de tu causa
sobre una piel yerma!

Mi humanidad
limita el aprendizaje
a las luchas
por las que darse
hasta la mutilación
si el resultado fuera tan justo
que me traspasara como individuo.

Año que mueres te guarde Dios

Jauría de guarismos agonizante,
egoísta como todo par,
mera compleción de la rotación solar
de masa indiferente
a tu propia construcción humana.

Cuando Niihau cruce la línea de salida
no habrá paz para los hombres,
enfrentará la supervivencia su propia necesidad
de oxígeno. Entretanto dormiré
acunado por
la esperanza novísima del uno
– o los lunes, los septiembres,
los noviazgos recién prendidos
a mecha de hormona y tacto.

¡Sal para la lid!
En la primera ola
agarraré el alga que posaré
sobre tu tibio féretro,
intoxicado de comienzo,
para que huelas la mar plena.

Rezará tu epitafio: “Año que mueres
te guarde Dios.”

Guggenheim

Bilbao funde su cielo dolente
con la máxima curvatura del titanio,
al alba la ría ocre – recuerdo la sal húmeda
sobre mi labio nostálgico de mar –
rompe mis lugares comunes
deformando las columnas a mi paso.
¿Qué he sido si ahora siento que soy
como un niño que descubre sus dedos?

“We all water”,
– nunca el mismo agua.

La salva que en La Salve me salvó
enfermo de norte en demasía,
eterno Bilbo
donde recuperé el sur.

El partisano interior

Me miré al espejo la mañana que iniciaba el cuarto de siglo y la ancianidad se apoderó de mi reflejo. Dejé de ser yo para ser sólo mi circunstancia. Hacía frío porque así me lo advertían. Fue entonces cuando el partisano que me habitaba decidió iniciar la resistencia. Ví mis párpados pesados y le prometí mi ayuda.

Explorar los senderos que llevan a uno mismo, sin más orientación que el instinto, fue una labor compleja pero apasionante. Podarse del reconocimiento, de la aceptación, con tijeras inexpertas y manos torpes. No todo fue dolor aunque no negaré el miedo a conducir sin atender señales externas. Aprehender la soledad, formar los cimientos que dieran sentido a la existencia, deconstruir la propia imagen pintada con pincel ajeno para ser el propio autor de mi obra.

Año partido en tres: planteamiento, preparación y ejecución. El azar no fue muy distinto al último medio lustro. La diferencia la marcó cambiar la huída, bien hacia delante, bien a refugios que son cárceles, por la lucha. A la mala suerte hay que torearla y cuando el cuerno pasa tras la carne, dejando sanar la herida, volver al ruedo. Las cicatrices son una advertencia para que en la próxima batalla no pase el acero por la misma brecha. Sin embargo, en la tercera fase, la suerte me encontró trabajando y dos luciérnagas me mostraron el castaño que tiempo atrás abandoné. En uno de los días más tristes comprendí que quejarse no merecía la pena. La vida, esa grandilocuente palabra sin la cual no hay palabra alguna -los muertos no escriben-, acaba sin aviso. Estaba tan centrado en los finales que había olvidado que no somos nada sin el relato.

Muere dos mil catorce. Sonrío, porque si el don de la vista me hubiera sido arrebatado tiempo atrás y devuelto hoy, que el frío me toca el tacto y no es impuesto, vería un reflejo próximo a lo que hubiera imaginado desde esa fabulación de oscuridad ciega.